A partir del 2007, por primera vez en la historia un mayor porcentaje de la población en el mundo vive en ciudades; éstas se enfrentan al impacto ambiental, económico y social que produce el aumento de la congestión urbana: el exceso de vehículos y la demanda de infraestructura con la que se cuenta.
Según el Departamento de Transporte de los Estados Unidos la congestión del tránsito le cuesta a este país $78 mil millones de dólares anualmente. No sólo representa un despilfarro de dinero: el Instituto de Transporte de Texas informó que también contribuye a una pérdida de 3,700 millones de horas en el tránsito y aproximadamente 10,400 millones de litros de combustible desperdiciados al año.
En la Unión Europea, donde hay aproximadamente 300 millones de conductores, la congestión del tránsito cuesta cerca del 1% del PIB, es decir alrededor de 100 mil millones de euros por año.
La Ciudad de México, representa la segunda aglomeración más grande del mundo y es una de las primeras cuatro economías de América Latina, sin embargo esta metrópoli global enfrenta un reto importante en materia de productividad, al compararse con otras ciudades en el mundo, lo que nos plantea la necesidad de encontrar soluciones innovadoras e inteligentes.
Sin embargo, los problemas de las grandes urbes parecen no tener perspectivas de mejorar: la urbanización masiva aumenta drásticamente y el próximo año se estima que 59 ciudades del mundo tendrán poblaciones de 5 millones o más, es decir un aumento de casi 50% desde el 2001.
Para enfrentar estos retos es necesario evitar enfoques parciales del problema: Ampliar los caminos, construir un puente vial, cambiar la señalización, promover el uso compartido del automóvil. Por el contrario, debemos ver hacia las relaciones existentes en el sistema completo y en todos los demás sistemas que son afectados: nuestras cadenas de suministro, nuestro medio ambiente, nuestras empresas, la forma en la que viven y trabajan las personas y las ciudades. El tráfico no es sólo una fila de coches: es una red de conexiones.
En Estocolmo, un sistema de peajes dinámico basado en el flujo de vehículos que entran y salen de la ciudad ha reducido el tráfico en un 20%, ha disminuido el tiempo de espera en un 25% y ha recortado las emisiones en un 12%. En Singapur, los controladores reciben información en tiempo real gracias a unos sensores para modelar y predecir escenarios de tráfico con una precisión del 90%. Y en Kyoto, los planificadores urbanos simulan situaciones de tráfico a gran escala en las que se implican millones de vehículos para analizar el impacto urbano.
Todo esto es posible porque las ciudades han aplicado la “inteligencia” en sus sistemas de transporte completos (calles, puentes, intersecciones, señales, semáforos y peajes) que pueden estar interconectados y ser más inteligentes. Estos sistemas de tráfico inteligentes pueden mejorarlos viajes diarios al trabajo de los conductores, ofrecer una mejor información a los planificadores urbanos, aumentar la productividad de las empresas, reducir costos y mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. Además, pueden reducir la congestión, disminuir el uso de combustible y recortar las emisiones de CO2.
Creando sistemas de transporte inteligente podremos predecir la necesidad de transporte de los pasajeros, basándonos en tendencias demográficas, migratorias y laborales, así como eventos locales y la visualización de congestiones en intersecciones específicas de determinadas calles. Es importante reconocer patrones y ajustar rápidamente horarios, ruteo de tránsito, espaciado de vehículos y velocidades de acuerdo con condiciones cambiantes y por seguridad.
Pero estos sistemas no van a ser completamente eficaces hasta que estén instrumentados, interconectados y sean totalmente “inteligentes”. Esto está comenzando a ocurrir.
La “instrumentación” tiene que ver con detectar lo que está sucediendo en este mismo instante, ya sea en la temperatura de la llanta de una rueda de tren, la ubicación de una maleta que ha ido al destino incorrecto, el desgaste del metal en la estructura de un puente o la cantidad de automóviles en las calles a las 6 de la tarde.
La “interconexión” es otro factor fundamental, dentro de una sola modalidad de transporte, recopilar y compartir la información a lo largo del ecosistema operativo puede generar enormes posibilidades. Extender este concepto a lo largo de modalidades de transporte diferentes aumenta exponencialmente los beneficios.
Los sistemas de transporte “inteligente” pueden desempeñar un papel clave en mejorar la calidad de vida cotidiana de nuestros ciudadanos, reduciendo la congestión del tránsito, mejorando la calidad del aire y optimizando el acceso de los caminos para el transporte público y los vehículos de emergencia.
La rápida urbanización de nuestro planeta depende de llevar y traer personas y cosas. En el siglo XX, eso quería decir carreteras de estado a estado y de país a país. En el siglo XXI, los sistemas de tráfico “inteligente” son el nuevo paradigma del progreso: Construyamos un mundo más inteligente.
Las ciudades que adoptan nuevos modelos y tecnologías en todas las modalidades de transporte, estarán mejor posicionadas para afrontar el impacto de la urbanización masiva y progresar en un mercado global competitivo.
El transporte más inteligente puede impulsar el crecimiento económico y mejorar la calidad de vida. No podemos permitir que un transporte mal diseñado destruya las ciudades que habitamos ni el planeta que compartimos.