Justo Sierra, quien pronunciara la célebre frase: “La nación tiene hambre y sed de justicia”; nació en Campeche, el 26 de enero de 1848. Tras de revelarse como poeta destacó pronto como periodista político, orador, prosista y maestro.
Justo Sierra llena toda una época de nuestra cultura y se le considera como uno de los más preclaros fundadores de la educación nacional. Figuró como diputado del Congreso de la Unión, como magistrado de la Suprema Corte de Justicia y Secretario de Instrucción Pública de 1905 a 1911. Siendo ministro Plenipotenciario de México en España, le sorprendió la muerte en Madrid, el 13 de septiembre de 1912.
Justo Sierra fue partícipe de las fiestas del centenario de la Independencia de México y en ese marco dejó uno de sus mayores legados, para ser precisos el 22 de septiembre de 1910. Esta fecha renace la Universidad en México, una fecha que no fue elegida de forma azarosa sino con una gran premeditación pues un 21 de septiembre de 1551 se instaló en la entonces Nueva España la Real y Pontificia Universidad de la Nueva España. Ese día como parte de un centenario de vida soberana el gobierno de Porfirio Díaz otorgaba al país una de las instituciones que tendrían mayor trascendencia en la vida moderna de nuestra nación, la Universidad Nacional de México, hoy Autónoma.
Estas son algunas de las palabras pronunciadas por Justo Sierra en aquella ocasión sobre la tarea que habría de tener la Universidad:
“Dos conspicuos adoradores de la fuerza transmutada en derecho, el autor del Imperio Germánico y el autor de la Vida Estruena; el que la concebía como instrumento de dominación, como el agente superior de lo que Nietzsche llama ‘la voluntad de las potencias’ y el que la preconiza como agente de civilización, esto es, de justicia, son quienes principalmente han logrado imbuir en el espíritu de todos los pueblos capaces de mirar lo porvenir, el anhelo profundo y el propósito tenaz de transformar todas sus actividades: la mental, como se transforma la luz; la sentimental, como se transforma el calor, y la física, como se transforma el movimiento en una energía sola, en una especie de electricidad moral que es propiamente la que integra al hombre, la que lo constituye en un valor, la que lo hace entrar como molécula consciente en las distintas evoluciones que determinan la evolución humana en el torrente del perene devenir.
Esta resolución de ser fuertes, que la antigüedad tradujo por resultados magníficos en grupos selectos y que entra ya en el terreno de las vastas realizaciones por nacionalidades enteras, muestra que el fondo de todo problema, ya social, ya político, tomando estos vocablos en sus más comprensivas acepciones, implica necesariamente un problema pedagógico, un problema de educación. […]
Cuando el joven sea hombre, es preciso que la Universidad o lo lance a la lucha por la existencia en un campo social superior, o lo levante a las excelsitudes de la investigación científica; pero sin olvidar nunca que toda contemplación debe ser el preámbulo de la acción; que no es licito al universitario pensar exclusivamente para sí mismo y que, si se puede olvidar en las puertas del laboratorio al espíritu y a la materia, como Claudio Bernard decía, no podemos moralmente olvidarnos nunca ni de la humanidad ni de la patria.”