Armada francesa llega al rescate en Mali

COLABORADOR: Pascal Beltrán del Río, EFE y AFP
Armada francesa llega al rescate en Mali Armada francesa llega al rescate en Mali

Pascal Beltrán del Río, EFE y AFP

Hay dos objetos de moda en esta bulliciosa metrópolis de África occidental: una de ellas es una playera de la Selección de Futbol de Mali, con el nombre de Seydou Keita en la espalda. La otra es una bandera de Francia.

El lábaro azul, blanco y rojo está por todos lados. En casas, comercios y automóviles, a veces acompañada de la bandera maliense pero también se le ve sola.

Todo mundo parece querer una. A Ismail Kante, un vendedor callejero que ofrece banderas en una intersección del centro de la ciudad, se le acabaron. “Ya no tengo, pero llévese una de Mali”, me dice. Me la llevo, cómo no, en 500 francos CFA (originalmente la sigla de las colonias francesas de África; hoy, de la Comunidad Financiera Africana), poco más de un dólar.

Y cómo no se van a acabar las banderas francesas si los mecánicos la tienen. Los panaderos la tienen. Los estilistas la tienen. Los vendedores ambulantes de tarjetas de prepago también la tienen. Y los taxistas, ni se diga.

Uno de estos últimos es Coulibaly Yaya, quien la luce en su parabrisas estrellado. Cuando le pregunto por qué, aparece una enorme sonrisa en su rostro. “Es obvio: los franceses llegaron a salvarnos de los islamistas”.

El espectro de Al-Qaeda y otros grupos yihadistas marchando sobre la capital maliense –donde se practica una forma moderada del islam– había quitado el sueño a los habitantes de Bamako. Por eso cuando Francia anunció el comienzo de la operación Serval, el pasado 11 de enero, muchos estallaron en júbilo.

Y el agradecimiento con Francia se mantiene. Ayer, cuando el presidente galo François Hollande, habló de la intervención en Mali durante el cincuentenario del Tratado del Elíseo –“más tarde hubiera sido demasiado tarde”, afirmó–, se llevó el aplauso de los televidentes que seguían el discurso en un café de Bamako.

Lo curioso es que la presencia francesa no es muy notoria aquí. Tampoco lo es el Estado de excepción decretado por el gobierno provisional de Dioncounda Traoré, quien tomó el poder tras el derrocamiento de Amadou Toumani Touré en marzo del año pasado.

Oficialmente los derechos constitucionales están limitados en este país en guerra –decisión cuyos efectos fueron extendidos por tres meses más, el lunes pasado– pero si no se lo dicen a uno, es imposible darse cuenta.

O hay que preguntarse cuánto relajo habrá con derechos plenos en esta ciudad donde las motocicletas, el principal medio de transporte mecanizado, se suben a las banquetas y las calles no tienen nombre, o al menos no tienen letreros que las identifiquen.

Pero estábamos en que no se ve la presencia francesa en Bamako a no ser por las avenidas y edificios del centro de la capital, que datan de la época colonial, y la ya mencionada fiebre por colgar en cualquier lado la bandera tricolor.

Yo había visto varios aviones militares de carga en la pista del aeropuerto Sénou, cuando aterricé aquí antier, proveniente de Uagadugú. Así que le pedí a Yaya que me llevara a la terminal, ubicada en la ribera izquierda del majestuoso río Níger, para comenzar la búsqueda del contingente que en 12 días de intervención armada, ha logrado frenar el avance de los islamistas y ya comienza a hacerlos huir.

Al entrar en la zona del aeropuerto, nos topamos con uno de los dos retenes que existen en la capital. Militares malienses revisaron mis documentos y nos franquearon el paso, pero el destacamento castrense francés no saltaba a la vista. Fue necesario encontrarlo en la zona de carga, oculta tras unos campos de cultivo.

Malencarados, soldados de las fuerzas especiales francesas vigilan el camino. Altos y fornidos, están forrados en prendas antibalas. Cuando apunto a uno de ellos con mi cámara, pasea frente a mí el cañón de su G1 y con la mano libre me indica que siga mi camino.

El taxista se detiene cien metros adelante, justo frente a la puerta de carga del aeropuerto, resguardada por soldados malienses en uniforme camuflado azul y blanco. Detrás de ellos, camiones militares bajan por la rampa de un C17 británico y abandonan la terminal.

Militares franceses van y vienen por la calle de tierra que bordea el aeropuerto. Detengo a uno de ellos para preguntarle por el teniente coronel Emmanuel Dosseur, quien, dicen, funge como vocero del contingente francés.

Mi interlocutor afirma no conocerlo. “Pregúntele a ellos”, me sugiere, y señala con el dedo a un par de soldados que, de pie, comen un sándwich envuelto en papel aluminio. Pero ellos tampoco han oído hablar del portavoz.

“¿Dónde me recomienda buscarlo?”, le digo a uno de ellos. El soldado alza los hombros, infla el carrillo y deja caer la quijada. “J’sais pas. Désolé” (no lo sé, lo siento), responde.

A unos pasos de ahí, la enviada de la cadena estadunidese, Bazi Kanani, termina su stand. “Igual que tú, lo ando buscando”, me cuenta la colega. “He enviado correos electrónicos, y nada. Es una cosa bien rara: los franceses aquí no hablan”.

Luego me dirijo a los militares locales que resguardan la puerta de la pista, por donde no han dejado de pasar camiones de transporte de personal y otros vehículos, recién desembarcados. Uno de ellos me dice que hay otra instalación militar a unos 200 metros, por el mismo camino de tierra.

Pasando una curva, encuentro la cueva del contingente de intervención. Tiendas de campaña, antenas de diversos tipos, y un edificio que podría ser el de la aduana o la autoridad aeroportuaria, desbordado de soldados. Los hay hasta en el techo.

En la reja del edificio me intercepta un Rambo galo. Mide como 1.90, lleva lentes oscuros y tiene cara de pocos amigos. “¿Busca algo?”, me pregunta. “No algo sino a alguien”, le respondo. “Quiero ver a Dosseur”.

“¿A quién?”, repregunta el Rambo. No puede ser. Comienzo a pensar que el portavoz francés, cuyo nombre citan algunos medios informativos es un espectro, como el polvo rojizo que se levanta todas las tardes sobre Bamako.

“Yo lo conozco”, me dice otro militar que por azar escucha la conversación. “¡Por fin!”, me digo. “Pero está ocupado. Está en un briefing con el coronel y todo el equipo. No creo que terminen antes de una hora”. ¡Me lleva!

Le pregunto si “el coronel” es Paul Gèze, comandante de la operación Serval (llamada así por un felino del desierto). “No puedo decirle nada más”, contesta y sigue su camino.

Ya comienza a oscurecer en Bamako y el consejo de los locales es no andar en la calle de noche. Será mañana, pues. Ya les diré cómo es el portavoz, y sobre todo qué dice a las muchas preguntas que he preparado.

De salida tomo una foto a un trío de militares, que se notan un poco sorprendidos.

Confiado, lo intento con otro grupo, esta vez sin éxito. “No puede tomar fotos”, me advierte un soldado que lleva la boina verde y la insignia de los comandos de la Marina francesa.

Por no dejar, le pregunto por qué –ya causaba furor en internet la imagen de un legionario que se tapaba la cara con una pañoleta con la imagen de una calavera– y cuál es la razón por la que nadie quiere hablar. “Son nuestras órdenes”, dice secamente.

Es evidente que los franceses son los protagonistas de esta historia –su avance contra los integristas islámicos ha sido rápida y precisa–, pero no quieren el protagonismo.

Por lo que comentan los medios franceses, los soldados de ese país no desean ser vistos como un ejército de conquista, mucho menos en esta antigua colonia africana llamada Mali.

Por eso van por delante en la ofensiva, barriendo con los focos yihadistas, lanzándoles cohetes aire-tierra que, según publicó ayer Le Figaro, cuestan 350 mil euros cada uno.

Sin embargo, una vez que han liberado poblaciones como Diabali y Douentza, los franceses se hacen a un lado y dejan que sean los militares malienses los que ocupen los lugares y hablen con los pocos medios a los que se autoriza viajar al frente.

Aviación gala ataca Tombuctú

La fuerza aérea francesa puso en la mira un “centro de mando” de Al-Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) en Tombuctú, ciudad del noroeste de Mali.

Según fuentes francesas, las fuerzas armadas de este país europeo atacaron a AQMI en la ciudad de Tombuctú. Una fuente con acceso al gobierno francés indicó que el objetivo de este ataque era AQMI.

Once días después del inicio de la intervención francesa que frenó el avance de los islamistas hacia el sur, el jefe de Estado Mayor maliense aseguró que la liberación de Gao y Tombuctú, los dos principales bastiones islamistas en el norte del país, podría llevarse a cabo en menos de un mes.

Dos mil 150 soldados franceses ya están desplegados en Mali para combatir a los grupos islamistas, cifra que aumentará en los próximos días.

En tanto, el gobierno de Estados Unidos comenzó a prestar servicio de transporte aéreo para las tropas francesas, ayuda y equipamiento, informó el portavoz del Pentágono, George Little.

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